NÁUFRAGOS
Anima mundi, Roberto Ferri
Nunca supe cómo escribir un solo final feliz
a una de todas mis historias.
Me limito a volar a través de los versos;
pues los garabatos son solo líneas
que me atan al miedo.
Limito el pensamiento hasta que suena maldito
y termino enredada aunque lo evito.
Al final solo me quedarán desgarros en la piel,
mis pinceles quedarán obsoletos
y la pluma será mi arma más fiel.
Habrá heridas que gotearán de la orilla de cada poema,
porque la poesía no es siempre una caricia.
Y como nadie pareció advertirlo en aquel momento,
comprendí que me estaba aferrando a una esperanza
que parecía un barco hundiéndose.
Me desnudé y caminé por la vida desvestida,
y viví como si nunca muriera,
pero morí como si nunca hubiera vivido.
Se me dibujó una sonrisa sardónica,
que llevaba la mentira y la melancolía
desde el labio superior hasta el inferior,
porque entre ellos existe la realidad
a la que tuve suerte de ser arrojada bruscamente.
Pedí que se vistieran todos mis sentidos con poesía
y contemplasen el mundo exterior.
Algunos comprendieron la razón de su existencia,
y otros se perdieron en la gran penumbra del olvido.
Uno de ellos regresó,
y desde adentro, con un aura melancólica
contó su historia,
una que estaba seguro, que ya había escrito.
Recitó aquellos versos
y rompiendo a llorar mencionó un nombre.
Me di cuenta de que no podía abrazar al agua
y que dejara de fluir a su ritmo.
Que no pude prenderle fuego a la lluvia a tiempo,
ni evitar convertirme en una playa desolada.
Y me hablaron de amor los que están vacíos
cuando se llevaron el puerto y mi suerte,
y sólo me dejaron las olas
-que son las únicas que siempre vuelven-
Y me hablaron del sol los que tienen frío,
y la luna enloqueciendo por no verte.
Las mareas mojaron mi ropa
mientras pecaba contigo.
Quizá era demasiado frágil para enfrentar la verdad,
pero demasiado fuerte para dejarla ir.
Quizá mis acciones envenenaron la copa,
y aunque el primer trago fuera dulce,
el sabor que queda siempre será amargo.
Pero en mi defensa diré que siempre preferí las consecuencias
a las dudas por las que me escondo.
Por las ganas de volar y el miedo a las alturas
sé que esperar,
he cometido este error muchas veces,
pero no hay mayor naufragio
que abandonarse a uno mismo.
La realidad se desdibujó
y su sombra quedó detrás de mí.
Y es que brillaba hasta dentro de mis pesadillas.
Así que callé un par de días
me alejé de ese nombre,
abandoné mi artillería,
me abracé al horizonte y olvidé.
Aprendí que saltar en los charcos moja,
pero no inunda.
Que los vasos los medio llenamos,
o vaciamos nosotros mismos,
y que no es cuestión de perspectiva.
He vivido lo justo,
-que no es ni poco ni mucho-
como para saber que algo roto puede arreglarse,
pero algo en ruinas jamás se recompone.
He aprendido a lamer las heridas,
poder mirarlas sin que me duelan,
y a llorar sonriendo
para que las lágrimas no le supiesen tan amargas
a la persona que tenía enfrente.
Dos meses
y mil años.
-esta vez había perdido la noción de la vida,
no del tiempo-
Sé que me cansé una noche de invierno
-porque uno siempre se cansa de llevar el corazón tan roto-
Y que cuando se sale a la superficie,
es sólo para coger aire
y volver a hundirse.
Pero si se observa con diligencia,
no todo es tan trágico.
El naufragio es también otro viaje.
Tras tanto camino recorrido
los pies sangran y los brazos se cansan.
El cielo se torna cada vez más azul oscuro
y yo solo espero que tengan en cuenta que todos,
al final,
salimos a flote.
Pero nadie advierte que también flota el cadáver.
Y esta noche se va a detener el reloj,
y me voy a ir sin poderte decir lo mucho que
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