40° 15′ 09″ N, 58° 26′ 22″ E
Martes, 3 de abril de 2018, 11:34 PM
Espero que nunca me faltes,
y si me faltas, no echarte de menos.
Y si te echo de menos que no me duela.
Y si me duele, espero no buscarte.
Y si te busco, no encontrarte.
Si te encuentro no me hieras,
si me hieres, espero irme,
y si me voy,
espero no volver.
Cuando amanece
me busco.
Reviso cada rincón.
Ni en nuestros puentes,
ni en lo profundo del océano,
ni en lo alto del cielo,
ni en lo bajo del infierno,
ni en los densos bosques.
Atardece.
Ni en mis saladas lágrimas,
ni en los amargos momentos,
ni en los agrios recuerdos,
ni en los dulces sueños,
ni en mis peores pesadillas,
ni en las mejores historias,
ni en los más grandes abismos,
ni en las pequeñas promesas.
Anochece.
Ni en mis enormes lagunas mentales,
ni en los más aterradores precipicios,
ni en las canciones,
ni en tus dardos,
ni en tus manos,
ni en tus ojos,
ni en nosotros,
ni en los demás.
Ni en nadie.
Ni en los espejos rotos.
Ni en mi propio reflejo
logro hallarme.
Me perdí.
Creo que en un choque desastroso
que me dejó sin vida.
Donde el conductor culpable
huyó porque es cobarde.
Hoy amanece,
y si el amor llama a mi puerta,
escapo por la ventana.
Atardece,
y si el amor está en el aire,
me quedo sin oxígeno.
Anochece,
y si del amor al odio hay solo un paso
yo voy a darlo.
Me encantaría seguir creyendo
que el tiempo todo lo cura,
que no me consumirá de nuevo la locura.
Llevo tatuada en la mente una advertencia,
procura no acercarte mucho a este dolor
que me sigue consumiendo.
-incluso después de haberlo enterrado-
Hay dolores que se transmiten de piel a piel,
y no es justo que tú sientas
lo que yo me hice
mientras jugaba a si apretar el gatillo o no
en la sien de los sentimientos.
Porque el amor es una bala perdida,
y a veces le cae a cualquiera,
sufres por cualquiera,
sonríes por cualquiera,
y gastas vida por cualquiera.
Llorar sin hacer ruido.
Se mueren las ganas de vivir.
Quiero sentir la tierra húmeda
en la yema de los dedos,
y que una flor crezca debajo de mi
y me termine de romper
el pecho.
Del llanto de una cuna,
al silencio del ataúd.
Ni tumba, ni epitafios ni nombres,
ni extraños hurgando en mis entrañas.
Ni lágrimas, ni pañuelos ni oraciones.
Que nadie venga a traerme flores.
Ahora que me faltas,
y te echo de menos,
me duele,
te busco y no te encuentro,
me hieres, y me voy.
Y aún así,
siempre vuelvo.
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